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La pintura de caballete nace con un criterio ornamental. Luego fue utilizada por el clero cuando quiso enseñarles a los analfabetos el Evangelio. En el Romanticismo continúa siendo un producto para colgar en la pared, aunque es cierto que el formato facilitaba no sólo su comercialización, sino también su desplazamiento clandestino frente a censuras, “quemas sagradas” y persecuciones de diversa índole. Hoy, la pintura de caballete o “cuadro” es considerado un adorno que se compra cuando se termina de pagar la alfombra (el cuadro, además, tendrá que hacer juego con esa alfombra, los cortinados o las sábanas). El público suele elegir un relato medianamente amable para que lo acompañe en su casa todos los días. El preferido es el paisaje al óleo de estilo inglés decimonónico, que permite la evasión. Por otro lado, dentro del formato de caballete, la técnica del dibujo ha sido desdeñada como expresión autónoma enfocada tan solo al manejo preparativo de la pintura y al conocimiento de las líneas y la forma; en un modesto auxilio en la formación del artista visual. Lo cierto es que, si bien no existen líneas en las superficies de los volúmenes físicos (y no las puede haber, dada su tridimensionalidad), desde el Neolítico el hombre utilizó la línea para demarcar las formas sobre un plano bidimensional. 

Las vinculaciones de Marnels Ferreira con la plástica datan de 1997, cuando ingresa como alumna al taller del Profesor Miguel Álvarez. En el año 2008 profundiza esos estudios en el taller del artista visual Gustavo Alamón y de su hija Loreley. Respecto a la técnica utilizada, los trabajos de Marnels se desplazan cómodamente desde el dibujo a la pintura, mediante un registro amplio de posibilidades expresivas que no desafían de forma explícita al naturalismo ni al realismo. Sin embargo, podemos reconocer en su estilo un acercamiento refinado y testimonial de los modelos que retrata: desde paisanos de nuestro campo (que ella misma retrata previamente con su cámara fotográfica), personajes célebres de nuestra cultura nacional, hasta familiares; todos desfilan por el registro particular de Marnels. En ese diálogo con los personajes, la autora se detiene en la superficie de las figuras para intervenir el espacio con fuertes subrayados del ritmo. A medio camino entre lo cerebral y lo expresivo (la razón y el sentimiento), los claroscuros se encuentran integrados de forma poética a una línea dinámica que disuelve parcialmente los bordes de las luces y las fortalece. 

Carbonilla, pasteles, collages, acrílicos y técnicas mixtas ofician como las herramientas afines a un lenguaje despojado de etiquetas y apriorismos, aunque también emplea texturas más matéricas para sus obras más oníricas y abstractas. En sus palabras: “Trato de dar la posibilidad de que se abra la imaginación y el espectador pueda descubrir cosas, que reflexione y no se quede solo con lo aparente, sino que encuentre otro lenguaje escondido, sugerido sutilmente

Es particularmente interesante su trabajo con telas, cartones y otros materiales, porque en ningún momento altera la apariencia de los elementos con artilugios efectistas: más bien los recrea y logra un equilibrio ajustado entre técnica y temática. Y me interesa destacar este punto: Marnels ha depuesto una absoluta fidelidad a una estética que reconoce como propia, desde la cual hay lugar para la observación íntima y el disfrute. Ya Álvaro Amengual sostenía que “Esta concesión al disfrute de lo visual es inadmisible para los inquisidores de la mirada. En su hoguera de leña verde un fuego anémico agoniza desde hace años, en el intento de quemar a la pintura y a los pintores. Sin embargo, su ira arde más que su fuego”.

Oscar Larroca